Como hoy es el día del Armisticio (11 de noviembre de 1918), fiesta nacional en Bélgica, y Lovaina pierde en los festivos mucha lozanía universitaria, me escapo a Bruselas. Paseando cerca del Palacio de Justicia me encuentro una perla digna de traer a mis Silenos: en la puerta de un coche de policía se lee "Pajotteland". Saco la cámara y me dispongo a importar la imagen para solaz e inspiración de los lectores, pero hete aquí que la mirada broncínea de dos agentes me recuerda que Guantánamo aún recibe visitas de larga duración. Luego de reponerme del susto, me siento en mi mesa preferida de La Brocante, en Les Marolles, y abro El País. Quizás porque acabo de sentirme como un conspirador de tres al cuarto, la noticia de que Afganistán lleva camino de convertirse "en un Vietnam para Reino Unido" atrae mi atención. Mas uno ya tiene el vicio de leer la prensa esperando delicias del lenguaje y, claro, acabo en este estupendo texto: "La asistencia a la ofrenda floral en el Cenopath, en Whitehall, encabezada por la reina y por los primeros ministros aún vivos..." ¿Se imaginan que hubiera asistido Winston Churchill? ¿O que el periodista tenga que cubrir mañana la noticia, pongamos por caso, de una gran manifestación? Escribiría: "Acudieron más de doscientos mil manifestantes aún vivos..." Entre cerveza y cerveza la cosa debió de quedárseme prendida en algún recóndito lugar del subconsciente, porque, al llegar a Lovaina, descubro entre las compras que he hecho en Bruselas una película de Robin Campillo titulada Les revenants, cuyo argumento se me revela ahora en todo su sentido aterrador: los muertos abandonan en masa los cementerios para, simplemente, recuperar el lugar que tuvieron entre sus familiares. Y todo por culpa de una palabreja malsonante en la puerta de un coche policial.
(Imagen: detalle de la fuente de los condes Egmont y Hornes (1864),
en la Place du Petit-Sablon, Bruselas. Fuente: Silenos)


